Porque la vida solo puede existir lejos del equilibrio: un organismo vivo debe mantener gradientes de energía, temperatura o concentración para producir movimiento, orden e información. En el equilibrio termodinámico, todos los flujos cesan, los gradientes desaparecen y ya no pueden producirse transformaciones: es un estado de muerte. La vida, en cambio, es una estructura disipativa: crea organización local exportando entropía hacia su entorno. Este desequilibrio permanente, alimentado por un flujo continuo de energía, permite que las células funcionen, que los organismos se mantengan y que la vida exista.
Un sistema en equilibrio termodinámico es un sistema muerto: no persisten gradientes de temperatura, presión o concentración, y no pueden producirse transformaciones espontáneas.
La vida necesita un flujo permanente de energía para mantener su orden interno, a diferencia del equilibrio termodinámico, que es un estado de desorden máximo y ausencia de flujo.
Precisamente este flujo permanente permite luchar contra la entropía y construir las estructuras complejas que son las células, los organismos o los ecosistemas. El equilibrio significaría el cese de todo intercambio, y por tanto, el fin de todos los procesos dinámicos característicos de la vida.
La vida se basa en gradientes, es decir, variaciones progresivas de temperatura, concentración, presión, etc. Estos gradientes son formas de desequilibrio que permiten a los sistemas vivos trabajar: transportar nutrientes, construir o reparar moléculas, o transmitir información.
Todas las células mantienen permanentemente un desequilibrio entre su interior y su entorno exterior, en el que hay iones, nutrientes, desechos y diversas macromoléculas.
En el interior de la neurona, el potasio (K⁺) está más concentrado que en el exterior, mientras que ocurre lo contrario con el sodio (Na⁺). La naturaleza tiende a igualar las concentraciones: los iones de potasio quieren salir y los de sodio quieren entrar. Sin intervención, el equilibrio reinaría y la neurona sería incapaz de transmitir el menor mensaje. Pero las bombas de iones recuperan constantemente los iones que se han movido y los reposicionan donde deben estar. Como un niño (bomba iónica) que dispersa constantemente sus juguetes por su habitación, mientras que la madre (la naturaleza) ordena incansablemente. Una habitación perfectamente ordenada es una habitación sin vida. Gracias al niño, el desequilibrio se mantiene y la habitación está viva.
Sin este desequilibrio, la célula no podría generar potenciales de acción (esenciales para la comunicación neuronal), ni evitar su hinchazón o encogimiento, ni mantener su metabolismo. El equilibrio significaría aquí la muerte celular.
La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía (una medida del desorden) de un sistema aislado solo puede aumentar con el tiempo. Sin embargo, los seres vivos parecen desafiar esta ley: mantienen, e incluso aumentan, su nivel de organización interna.
La resolución de esta paradoja radica en el hecho de que los sistemas vivos no están aislados. Intercambian constantemente energía y materia con su entorno. Al consumir energía (en forma de alimento, luz, etc.), los organismos vivos exportan entropía a su entorno, lo que les permite mantener o aumentar localmente su orden interno.
Por ejemplo, una planta utiliza la energía lumínica para transformar CO2 y agua en carbohidratos (fotosíntesis), mientras libera oxígeno. Este proceso crea orden en la planta (en forma de moléculas orgánicas complejas), pero también genera calor y otras formas de desorden en el entorno. Así, el orden local (la vida) se compensa con un desorden global (aumento de la entropía en el entorno).
En el equilibrio termodinámico, todas las fuerzas están equilibradas, todas las temperaturas son uniformes y todas las concentraciones son homogéneas. No hay más gradientes, ni flujos, ni transformaciones espontáneas. Es un estado en el que nada cambia, en el que nada vive.
Un organismo vivo que alcanzara el equilibrio termodinámico cesaría toda actividad metabólica. Sin flujo de energía, sin gradientes, no podría repararse, reproducirse ni adaptarse. La vida, por definición, es un proceso fuera del equilibrio.
El físico Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química en 1977) teorizó que los sistemas vivos son estructuras disipativas. Estas estructuras se forman y mantienen gracias a un aporte continuo de energía, que disipan en forma de calor u otras formas de desorden.
Por ejemplo, los remolinos en un río, las llamas de un fuego o incluso las economías humanas son estructuras disipativas. Solo existen porque un flujo de energía las atraviesa constantemente. En cuanto este flujo se detiene, la estructura desaparece. La vida, también, es una estructura disipativa: surge del desequilibrio y vuelve a él tan pronto como la energía se agota.
La vida es una estructura disipativa: surge del desequilibrio, pero en cuanto la energía se agota, desaparece y vuelve al equilibrio. Lejos de buscar el equilibrio, la vida explota activamente el desequilibrio ambiental (flujo solar, fuentes hidrotermales). El equilibrio termodinámico es un estado que la vida huye constantemente. Es en contraste con este equilibrio que la vida se define. Por eso la muerte es un proceso de relajación hacia el equilibrio. Cuando ya no hay aporte de energía, ya no hay gradientes. El sistema se desorganiza.
Es un estado ideal en el que un sistema ya no intercambia nada con su entorno y todas sus variables (temperatura, presión, potenciales químicos) son uniformes. En este estado, no puede producirse ninguna reacción ni transformación macroscópica de forma espontánea.
Lo vivo no lo viola. Crea orden localmente (reduciendo la entropía interna), pero esto siempre se compensa con un aumento mayor de la entropía del entorno. El balance total cumple con el segundo principio; la vida es una "máquina de producir entropía".
Una estructura disipativa es un patrón ordenado que aparece espontáneamente en un sistema mantenido lejos del equilibrio termodinámico por un flujo de energía. Las células de convección (como en una olla de agua calentada) o las estructuras químicas oscilantes son ejemplos simples. La vida es el ejemplo más complejo.
Porque ya no puede mantener sus gradientes (acidez, concentración, potencial de membrana) ni evitar los procesos de difusión y degradación. Las enzimas dejan de funcionar, las barreras se vuelven permeables y el sistema evoluciona pasivamente hacia una homogeneidad química y térmica con su entorno.
Los ecosistemas pueden evolucionar hacia un "equilibrio dinámico" o "clímax" donde los flujos de energía y materia se organizan de manera estable, pero nunca es un equilibrio termodinámico. Los gradientes solares, químicos o biológicos persisten, y la entropía total sigue aumentando. Es un estado de flujo estacionario, no un equilibrio estático.
Sí. La muerte térmica predice un futuro lejano en el que el universo alcanzará un estado de entropía máxima y temperatura uniforme. En este estado, no será posible ningún trabajo ni vida (tal como la conocemos), ya que no habrá más desequilibrios que explotar. Es el resultado último de la tendencia hacia el equilibrio.