Un planeta es un cuerpo celeste en órbita alrededor del Sol, que posee una masa suficiente para que su propia gravedad le dé una forma esférica —un estado llamado equilibrio hidrostático— y que ha limpiado su vecindad orbital de cualquier otro cuerpo. Esta definición, adoptada el 24 de agosto de 2006 durante la 26ª Asamblea General de la UAI, es el resultado de largas discusiones entre varios cientos de científicos.
Si observáramos el Sistema Solar desde un punto situado muy por encima del polo norte terrestre, veríamos los planetas girando alrededor del Sol en sentido contrario a las agujas del reloj. Sus órbitas forman un disco sorprendentemente plano, reflejo de su formación en una misma nube primordial. Solo Mercurio se distingue por una inclinación orbital notable, de aproximadamente 7°, con respecto al plano general.
Los planetas rocosos —Mercurio, Venus, la Tierra y Marte— se sitúan cerca del Sol y poseen una superficie sólida. Más lejos, los gigantes gaseosos y helados —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— dominan por su tamaño y su composición rica en gases y hielos. Estas dos familias dan testimonio de diferentes procesos de formación, revelando la diversidad y complejidad de nuestro Sistema Solar.
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