La Tierra cuenta con unos 1.500 volcanes terrestres activos, de los cuales unos sesenta entran en erupción cada año. Estos edificios, ya sean submarinos o emergidos, dan testimonio de la actividad interna de nuestro planeta: el calor del manto hace ascender el magma, que perfora la corteza y construye con el tiempo relieves volcánicos.
Los volcanes pueden provocar perturbaciones climáticas mayores. Durante ciertas erupciones, inmensas cantidades de cenizas y aerosoles son proyectadas a la atmósfera, reflejando la luz solar y provocando un enfriamiento global temporal. Los supervolcanes, mucho más raros, son capaces de liberar una energía colosal susceptible de afectar duraderamente el medio ambiente terrestre.
Un volcán se forma por la eyección y el apilamiento de materiales provenientes del ascenso del magma: coladas de lava, cenizas, lapilli y otros piroclastos. La naturaleza de estos materiales, su viscosidad y su modo de emisión determinan la forma del volcán, ya sea un cono afilado, un vasto escudo o una caldera resultante de un hundimiento espectacular.
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