Las primeras huellas del Universo —luz fósil, fluctuaciones primordiales y firmas de los primeros instantes— todavía nos llegan hoy. Constituyen un testimonio directo del nacimiento del cosmos y permiten explorar una época en la que materia, energía y espacio-tiempo estaban íntimamente ligados.
El Universo contiene todo lo que existe, incluidos el espacio y el tiempo mismos. Por lo tanto, no puede tener un "borde" en el sentido clásico: más allá de un límite imaginario, no habría un "exterior" al que ir. Esta ausencia de frontera se deriva directamente de la propia definición de Universo y de los modelos cosmológicos actuales.
Lo que llamamos "borde" es en realidad el límite del Universo observable: la distancia máxima a la que la luz ha podido llegar a nosotros desde el Big Bang. Más allá, el Universo probablemente continúa, pero su luz aún no nos ha alcanzado. Cruzar este límite es imposible, no por falta de tecnología, sino porque depende de la velocidad de la luz y de la expansión del cosmos mismo.
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