
Descripción de la imagen: Amalie Emmy Noether (1882-1935), la matemática alemana y su famosa ecuación E=K+U, uno de los teoremas más profundos de la física. El teorema de Noether, demostrado en 1915 y publicado en 1918, establece que las leyes de la física son simétricas, y esta simetría conduce a leyes de conservación.
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El principio de mínima acción establece que la naturaleza siempre toma el camino que minimiza una cierta cantidad llamada acción. Observado inicialmente por Pierre de Fermat (1607-1665) para la luz en el siglo XVII, este principio fue formalizado en el siglo XVIII por Joseph-Louis Lagrange (1736-1813), sentando las bases del teorema de Noether.
El principio de mínima acción determina el movimiento de un sistema a partir de la diferencia entre energía cinética y potencial (K-U), permitiendo predecir la dinámica de cualquier sistema físico, desde péndulos hasta galaxias.
"A toda transformación infinitesimal que deja invariante la integral de acción corresponde una magnitud que se conserva."
Si una ley física permanece igual cuando se aplica una pequeña transformación a un sistema (desplazarlo, girarlo o avanzar en el tiempo), entonces existe una cantidad física particular (energía, movimiento, carga, etc.) que permanecerá constante y nunca variará.
Así, Noether establece que a cada simetría corresponde una ley de conservación.
Las simetrías describen las invariancias en las leyes de la naturaleza. No son solo estéticas; constituyen la base sobre la que descansan muchos principios fundamentales de la física.
En física, una simetría es una propiedad de un sistema cuyas leyes de comportamiento permanecen inalteradas cuando se le aplican ciertas transformaciones, como una traslación, una rotación o un cambio de tiempo.
Estas simetrías atestiguan una propiedad fundamental del Universo: sus leyes físicas son universales e inmutables, independientemente de la posición espacial, el momento temporal, la orientación elegida o las transformaciones de gauge aplicadas a los campos cuánticos.
Concretamente, esto significa que los mismos principios regían la materia hace miles de millones de años y continuarán aplicándose en un futuro lejano. Un experimento realizado en el ecuador producirá resultados idénticos al realizado en el Polo Norte. Del mismo modo, la orientación de un sistema en el espacio no influye en su dinámica, lo que explica por qué las órbitas planetarias han permanecido estables desde la formación del sistema solar.
Observemos un péndulo simple oscilando suavemente. Su energía mecánica total E se descompone en dos formas distintas pero íntimamente ligadas: la energía cinética K asociada al movimiento y la energía potencial U relacionada con la posición, reunidas en la ecuación E = K + U.
Cuando el péndulo está en movimiento, su energía cinética se expresa como K = ½mv². Cuanto más rápido se mueve (v elevado), mayor es esta energía. Alcanza su punto máximo en el punto más bajo del arco, donde la velocidad es máxima.
Por el contrario, la energía potencial gravitatoria U = mgh depende de la altitud h del péndulo. En los extremos de su oscilación, cuando se eleva por encima de su posición de equilibrio, esta energía almacenada es máxima mientras que la velocidad se anula.
Gracias al teorema de Noether y a la invariancia de las leyes físicas en el tiempo, sabemos que la energía total E permanece rigurosamente constante. El péndulo opera así una conversión perpetua entre sus dos formas de energía: al descender, transforma su energía potencial en energía cinética; al ascender, reconvierte esta energía cinética en energía potencial. Este baile energético ilustra concretamente cómo una simetría (aquí temporal) genera una ley de conservación (la de la energía).
Las leyes de conservación representan los principios estructurantes de la física contemporánea. Ponerlas en duda llevaría al colapso de nuestra concepción del Universo, haría caducos nuestros modelos predictivos e invalidaría las bases teóricas sobre las que descansa todo nuestro arsenal tecnológico.